“En el principio, la mujer era el sol. Era una persona auténtica. Ahora la mujer es la luna. Vive de otros, brilla con la luz de otros, tiene la cara pálida y enferma de la luna.”
Con ese párrafo se abría, en septiembre de 1911, el primer número de la revista Seitō, la primera publicación literaria hecha íntegramente por mujeres en Japón. La firmaba Hiratsuka Raichō, que tenía veinticinco años y acababa de poner en marcha algo que nadie en el país había intentado antes: un espacio donde las mujeres no eran tema, ni adorno, ni invitadas. Eran las dueñas.
El nombre es una historia en sí mismo. Seitō (青鞜) significa, literalmente, “medias azules”, y es la traducción que el escritor Ikuta Chōkō hizo de la palabra inglesa bluestocking. En el Londres del siglo XVIII, un grupo de mujeres cultas se reunía a hablar de literatura y filosofía, y en lugar de las medias de seda negra que mandaba la etiqueta, llevaban unas de lana azul. Lo que empezó como una burla —”ahí van las medias azules, las marisabidillas”— ellas lo convirtieron en bandera. Más de un siglo después y al otro lado del mundo, un puñado de japonesas decidió que esa burla también les quedaba bien.
Una revista que incomodó desde el primer número

La revista Seitō no era un panfleto político. Nació como publicación literaria: poesía, relatos, traducciones, ensayo. Pero en el Japón de la era Meiji, que una mujer escribiera lo que pensaba ya era un gesto cargado de pólvora. El segundo número fue censurado por las autoridades. Y la prensa pronto encontró su personaje favorito para escandalizarse: la “mujer nueva” (atarashii onna), esa criatura que fumaba, bebía, opinaba y —peor aún— no pedía permiso.
Hubo episodios que los periódicos exprimieron durante semanas: una colaboradora que probó un cóctel de cinco colores en un bar, una visita al barrio de Yoshiwara. Cosas que en un hombre no habrían sido noticia. En ellas, fueron portada. La etiqueta de “mujer nueva” pasó de ser un ideal ilustrado a un insulto. Y Seitō, que había nacido para hablar de literatura, se vio en el centro de la primera gran conversación pública sobre qué podía y qué no podía hacer una mujer japonesa.
El primer número vendió mil ejemplares y a la redacción llegaron más de tres mil cartas. No todas eran de apoyo. Pero todas eran prueba de que algo se había movido.
Las escritoras de la revista Seitō
Por las páginas de Seitō pasó buena parte de las escritoras que después definirían la literatura japonesa moderna. Una de ellas fue Toshiko Tamura, que apareció ya en el número inaugural con el relato “Sangre viva” (Ikichi). Tamura fue una de las primeras mujeres en Japón en vivir de su escritura, una profesional en una época en que eso era casi impensable, y su nombre figura entre las socias fundadoras del proyecto.

Un lápiz labial para una momia
Minoru y su marido son escritores hundiéndose en el Tokio de 1913. Él no puede mantenerse a sí mismo. Ella sabe que tiene más talento que él — y también sabe que sin él no puede sobrevivir. Por ahora.
Toshiko Tamura escribió esto en 1913 con una frialdad que todavía corta.
También colaboró Kanoko Okamoto, entonces poeta de tanka cercana al círculo de Yosano Akiko, mucho antes de la narrativa que la haría célebre años después. Y estuvo Itō Noe, que con apenas dieciocho años terminó tomando las riendas de la edición y abrió la revista a mujeres que no venían de la élite ni de la universidad.
Seitō dejó de publicarse en 1916, tras cincuenta y dos números, entre dificultades económicas y la salida de sus figuras. Cinco años. No es mucho. Pero bastó para que la frase “en el principio, la mujer era el sol” siguiera resonando un siglo más tarde como acta de nacimiento del feminismo japonés.
Leerlas hoy
De la revista Seitō suele recordarse lo que significó. Pero lo que se escribió ahí dentro aguanta la lectura por sí solo: literatura de mujeres que estaban inventando, sobre la marcha, cómo decir en voz alta lo que hasta entonces se había callado. Toshiko Tamura y Kanoko Okamoto son dos de esas voces, y durante mucho tiempo fueron casi imposibles de leer en español.
De Tamura existe hoy Resignación —la misma novela con la que se hizo un nombre en aquellos años— y Un lápiz labial para una momia, ambas traducidas directamente del japonés. Es, hasta donde sabemos, la primera vez que Tamura se publica en nuestro idioma. De Okamoto se puede leer Historia de una vieja geisha, que viene acompañada de La grulla decae en el mismo volumen.

Historia de una vieja geisha
Trazadas entre modernidad y memoria, estas historias miran de frente los afectos que cambian con el tiempo. Uno de los relatos japoneses sobre geishas en era Taishō observa, con sensibilidad, el oficio y sus fisuras en una ciudad que se electrifica; el otro aborda la melancolía y el deseo desde otra orilla, donde la belleza aún persiste. Prosa precisa, atmósfera íntima y detalles que invitan a la relectura hacen de este volumen una elección ideal para lectoras y lectores en…
Empezar por cualquiera de las dos es meterse en la cabeza de una mujer que escribía como si el sol todavía fuera suyo.



